Charlie don’t surf!

Editorial / Opinión / Pipo & Astutto
17 septiembre 2013

Me encanta dar la chapa. No una chapa desmedida e inconsciente, sino algo mucho más planeado y plenamente aceptado por las 2 partes contratantes. ¡Oh, si, mamá!. Y ese intervalo precioso, casi suspendido en el tiempo en el que tu sufrido oponente piensa que es una conversación bilateral hasta que descubre que no, que es una chapa en toda regla, ese instante es mágico amigos. Ves como sus pequeños ojitos se agrandan y boquea como un pez en la red, sabiendo que se le viene una buena encima. Ahí justo es cuando rematas, de cabeza, sueltas tus argumentos trasnochados, estúpidos, sin referencias de ningún tipo.

Y en este enredo es en el que os encontráis ahora si habéis leído hasta aquí. Ojo, esta es una chapa apenas elaborada, ¡la traigo fresca chiki! Todo empieza con el último libro que estoy leyendo, The Drifters o, como se tradujo en castellano: “Hijos de Torremolinos” O_O. El libro no es ningún referente pero te explica muy bien en qué consistió toda la rebelión juvenil en la década de los 60 y 70`s. Chicos y chicas no conformes ni con el Gobierno, ni con las reglas, ni con nada que proviniese del viejo orden. Los resumía Bob Dylan con The Times They are a Changin’ : madres y padres, vuestro viejo camino, envejece rápidamente.

Joder, me digo, esto era luchar, salirte del camino más cómodo y decir: “Aquí hay algo que no me cuadra y no lo voy a permitir”. A estos chavales les apodaban con el sufijo “Nik” que añadía un tono despectivo a lo que hacían: “Beatniks, peacenicks…” la traducción sería el actual “perroflauta”. No eran muchos, pero si que cambiaron el orden mundial. La ruptura generacional era tal, que los mayores ni podían entender su música ni entendían nada. Y es aquí donde quería llegar, vivimos en una época en que la mierda cae como si la regalasen, donde gente sin ningún tipo de escrúpulos ni ética mangonea el cotarro con absoluta impunidad, mientras nos quedamos cruzados de brazos. no hay rebelión, no hay interés por nada, incluso nos cuesta mandar a todo y a todos a la mierda, y encima al que lo hace le llamamos perroflauta. Hay una frase que rescaté del libro y que me parece perfectamente aplicable: “Lo que me inquietaba  era la grande y silenciosa minoría que no aspiraba a nada y no hacia nada”

Así nos vemos, hay una capacidad brutal de hacer algo, de luchar contra lo que nos parece trasnochado, abusivo y corrupto. Y existen multitud de fórmulas a parte de quejarte por las redes sociales. Existe la desobediencia, la insumisión, el desacato. Encima dentro de la legalidad, y si no te cuadra algo, cámbialo, que para eso eres joven cojones- Lo único que compartimos con aquellos es que nuestros padres no entienden nuestra música y las pintas. Ahora se lleva más ser un “hipster” sin valores que defender cualquier tipo de actitud que pueda molestar o incordiar. Me cagüen todo, algún día me levanto la cresta y mando todo a la mierda.

 

 

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